domingo, 1 de enero de 2017

El fútbol según Paul Auster


El fútbol, como un iceberg, muestra una punta anecdótica, a veces simpática y a veces dolorosa, pero, al mismo tiempo, esconde grandes pasiones que explican su universalidad y su poder de seducción. La guerra de los himnos en los enfrentamientos entre Escocia e Inglaterra nos remite a la reciente frase de Paul Auster: “Europa encontró una forma de odiarse, sin destrozarse. Este milagro se llama fútbol.”


JORGE VALDANO, Apuntes del balón, La Esfera de los Libros, Madrid, 2001, pág. 51

sábado, 31 de diciembre de 2016

FRANÇOIS VILLON • • • Balada [Balada de las damas de antaño]


Decidme dónde, en qué país,
está Flora, la bella romana;
Archipiada y Thais,
que era prima hermana suya;
Eco, que habla cuando se le lleva ruido
sobre ríos o estanques,
que tuvo una belleza más que humana.
Pero, ¿dónde están las nieves de antaño?

¿Dónde está la muy discreta Eloísa,
por quien fue castrado y, luego, monje
en San Dionisio, Pedro Abelardo?
Por su amor tuvo esta pena,
del mismo modo, ¿dónde está la reina
que ordenó que Buridan
fuera arrojado en un saco al Sena?
Pero, ¿dónde están las nieves de antaño?

La reina Blanca, como flor de lis,
que cantaba con voz de sirena,
Berta la del gran pie, Beatriz, Alis,
Harenburgis, que tuvo el Maine,
y Juana, la buena lorenesa,
a quien los ingleses quemaron en Rouen;
¿dónde están, Virgen soberana?
Pero, ¿dónde están las nieves de antaño?

Príncipe, no preguntéis esta semana
dónde están, ni este año,
sin que os lleve a este refrán:
Pero, ¿dónde están las nieves de antaño?


FRANÇOIS VILLON, Poesía, RBA, Barcelona, 1992, traducción de Carlos Alvar, pág. 35


Carpentier sobre Valle-Inclán


Con la prosa de Valle-Inclán sí podían penetrarse muchos arcanos del mundo todavía no descrito ni pintado de América Latina en folklore, en costumbres, en ciudades que crecen demasiado pronto, en la selva, hasta en la forma humana y en la música, hasta tal punto que Valle-Inclán logra en su Tirano Banderas una novela que es un 50% española y un 50% americana. Y debo decir que el estilo de Valle-Inclán, aunque jamás haya tratado de imitarlo, me sirvió de mucho, muchísimo, y me enorgullece haber estado desde el principio con una buena causa, porque yo estuve siempre con la causa de Valle y tengo la satisfacción de ver que hoy la fama mundial de Valle se acrece de día en día.


ALEJO CARPENTIER, entrevistado por Joaquín Soler Serrano y recogido en Escritores a fondo, Planeta, Barcelona, 1986, vía edición digital en Lectulandia, pág. 188

Una reflexión de Blanca Varela sobre la ausencia de puntuación en sus poemas


La puntuación me sobraba. En cierto momento me pareció tradicional, burguesa, equivalía a entregar una tarjeta de visita. No poner puntuación me permite por una vez siquiera usar mis silencios, respirar como quiero, no ser la persona que los demás creen que soy o quieren que sea. Es sencillamente una ruptura que me gusta. Me gusta ver que las letras vuelen aparentemente solas, que las palabras no tengan ataduras, amarres dentro de la página. Para mí la página en blanco es algo que siempre me ha tentado. El vacío me atrae.


BLANCA VARELA, entrevista de Efraín Kristal publicada originalmente en la revista Mester, Vol. XXIV, N°2, en 1995. Toda la entrevista AQUÍ

Plutarco sostiene que copular estando borracho genera hijos bebedores


Y tendríamos que decir, a continuación de estas cosas, aquello que tampoco echaron en el olvido nuestros predecesores. ¿Qué cosa? Que los que se acercan a las mujeres para engendrar hijos conviene que hagan la unión, o totalmente templados o habiendo bebido moderadamente. Pues bebedores y borrachos suelen ser aquellos cuyos padres acontece que comenzaron a engendrarlos en estado de embriaguez. Por ello, también Diógenes, viendo a un muchacho fuera de sí y aturdido, le dijo: «Muchacho, tu padre te engendró estando borracho».


PLUTARCO, Obras morales y de costumbres I (Moralia), Gredos, Madrid, 1992, traducción de José García López, pág. 49


viernes, 30 de diciembre de 2016

Norman Mailer propone a Hemingway para candidato demócrata a la presidencia de Estados Unidos


Sí, puede parecer un poco fantástico a primera vista, pero el hombre que creo que los demócratas tendrían que designar como su candidato presidencial en 1956 es Ernest Hemingway.

He tenido esta idea en la mente hace ya unos meses, y he tratado de considerar sus méritos y deméritos más de una vez. Vean, estoy lejos de ser un adorador de Hemingway, pero después de muchos años de menospreciarlo siempre en mi mente llegué a decidir que, le guste o no, él es una de las fuerzas estéticas contrapuestas en la novela norteamericana de hoy —siendo la otra Faulkner, desde luego— y así su marca sobre la historia es probable que esté asegurada.

Ahora bien, lo que pienso de Hemingway como escritor sería de interés para muy poca gente, pero remarco que no soy un devoto religioso de su obra para enfatizar que he pensado en él como candidato presidencial sin pasión o implicación personal (o al menos así lo creo). En cuanto a los méritos y, aun más importante, las posibilidades de victoria, trataré de discutirlos con rapidez en los límites de esta columna.

Para empezar, el Partido Demócrata tiene las posibilidades más pobres contra Eisenhower, y ya sea que se trate de Stevenson, Kefauver o algún otro político de medio pelo, la personalidad del candidato sufriría por la desafortunada semejanza con un empresario de pompas fúnebres próspero. No hay forma de esquivarlo: el pueblo norteamericano tiende a votar por el candidato que dé la impresión de haber experimentado algún placer en su vida, y Eisenhower, por más pasivas que fueran sus vicisitudes, se ve como alguien que ha tenido un buen momento de vez en cuando.

Me rendiría ante el hecho de que se trata de uno de los pocos aspectos saludables de nuestro país poco saludable: es, por cierto, sabiduría popular. Un hombre que ha tenido buenos momentos invariablemente también ha sufrido (como opuesto a la desdichada cantidad de gente que ha evitado el dolor al precio de evitar también el placer), y la mezcla de dolor y placer en la experiencia de un hombre es probable que le dé la proporción, el sentido común y el encanto que un presidente necesita. Hemingway, me imagino, posee exactamente ese tipo de encanto, lo posee en mayor grado que Eisenhower, y por eso tendría cierta chance externa de ganar. Su nombre ya es más conocido en Norteamérica que el de Stevenson en 1951, y su prestigio en Europa no sería un factor menor en las mentes de los muchos medianamente cultivados que piensan en palabras tan colectivizadas como nuestro prestigio-en-Europa. Después de todo, como ejemplos al pasar, están el Premio Nobel de Hemingway y su fluidez en francés, español e italiano.

En las poblaciones pequeñas de Norteamérica, donde Eisenhower tiene raíces tan fuertes, Hemingway, por la gracia del conocimiento completo que tiene de la caza y de la pesca, ejercería un atractivo muy humano y directo para los instintos de los hombres de poblaciones pequeñas. Por otro lado, las mujeres urbanas también se verían atraídas hacia él. Mi experiencia me indica que un hombre que ha estado casado algunas veces interesa más a las mujeres que el que no lo está. Desde luego es contraproducente decir esto en voz alta, pero, por otra parte, para los demócratas no sería necesario publicitarlo, los republicanos podrían considerar prudente abstenerse de la política sucia, y la palabra correría de un living a otro.

Otra de las virtudes políticas de Hemingway es que cuenta con un historial de guerra interesante, y que logró convertirse en un hombre de mayor coraje físico que el de la mayoría, y estos no son logros fáciles o poco agotadores para un escritor importante. Le guste o no al Village Voice, a la mayoría de los norteamericanos les gustan los guerreros, de hecho tanto que han estado dispuestos a tragar la píldora amarga de un general del Ejército en el cargo. Sin embargo, creo que no están tan sumergidos en la conformidad desesperada que nos acosa como para ignorar la iniciativa independiente de un general-en-libertad como Hemingway, que en la última guerra estuvo tan cerca de tomar París con unos pocos cientos de hombres.

Una vez más, Hemingway podría verse inclinado a hablar con sencillez, y en cuanto a lo que tiene que ver con la política, con frescura, y la energía que esto despertaría en las mentes del electorado, embotado en el presente por los ampulosos latinismos de los Kefauver, los Stevenson y los Eisenhower, es algo que uno no debería subestimar, porque el electorado casi nunca tiene la oportunidad de tener estimuladas las mentes.

Por último, la falta de una vida política anterior de Hemingway es un valor, sostendría yo, más que un defecto. La política se ha vuelto estática en Norteamérica, y los norteamericanos siempre han desconfiado de los políticos. (Desconfianza que por cierto revela gran parte del atractivo original de Eisenhower). El leve brillo de esperanza en todos nuestros horizontes opacos es que la civilización puede estar llegando al punto en el que volvemos a votar por hombres individuales (o mujeres individuales) en vez de por ideas políticas, esas ideas políticas que con el tiempo se ven cimentadas en la red social de la vida como una traición de los deseos individuales que les dieron nacimiento; porque la sociedad, sostendré, el día en que consiga el ingenio, es la asesina de todos nosotros.

Lo de arriba es para la gente a la que le gusta una discusión punto por punto. A lo que se reduce, según la regla-del-Hip-rebelde, es que Hemingway es probablemente bastante más humano que Eisenhower o los otros, y de ese modo podría haber un toque más de color en nuestro Imperio Romano. Más de lo que es injusto esperar de cualquier presidente.

Ahora bien, para aquellos que creen que un discurso de nominación debe tener un poco de color, e incluso —aquí se me tensa el estómago— un poco de sentimentalismo, supongo que debería decir que Hemingway es una de las pocas personas de nuestra vida nacional que ha tratado de vivir con una cierta pasión por conseguir lo que deseaba, y creo que en verdad logró obtener cierto grado de autorrespeto por lo que siempre ha buscado, y sin embargo al mismo tiempo ha sido capaz, con los dolores de escritura que sólo otro escritor serio (bueno o no) puede conocer, de escribir también sus novelas; y por tanto, no importa cuáles sean sus defectos de carácter, y deben de ser muchos, tengo la sensación de que probablemente ha logrado una parte considerable de su sueño —que era ser más que la mayoría— y este país podría apoyar a un hombre así como presidente, dado que durante muchos años nuestras vidas han sido guiadas por hombres que eran en lo esencial mujeres, lo cual no es bueno ni para los hombres ni para las mujeres. De modo que para mí Ernest Hemingway parece la mejor posibilidad práctica a la vista, porque a pesar de todas sus vanidades tristes y tontas, y algunas de sus cobardías intelectuales, sospecho que sigue siendo más real que la mayoría, ¿saben?


NORMAN MAILER, Nominación de Hemingway para presidente, recogido en Fuera de la ley, Emecé Editores, 2016, traducción de Elvio E. Gandolfo, vía edición digital en Lectulandia, págs. 34-36

Una reflexión de Ida Vitale


El de los animales es un mundo paralelo, no siempre accesible, y cualquier acercamiento es emocionante. En los parques de Londres viví una comunicación natural: los pájaros y las ardillas comen de tu mano, y los perros que vienen con sus dueños y lo ven, se detienen. Me llevó meses en Montevideo lograr que los gorriones pequeños entraran por la terraza a la biblioteca a buscar su pan, mientras los padres en los árboles chillaban desesperados. Los pichones no tenían todavía el prejuicio, sin duda justificado, de que el hombre es el enemigo. Sentir la gratitud de un caballo, el amor de un perro o, lo que suena más raro, el placer de un sapo acariciado no deja de ser una experiencia recomendable.


IDA VITALE, entrevista de José Montelongo publicada en Letras Libres, 7 de julio de 2016. Toda la entrevista AQUÍ

Algunas escritoras o mujeres célebres que tuvieron maridos o amantes mucho más jóvenes que ellas


Tomemos, por ejemplo, el tema del amor de la mujer mayor con un hombre joven; se diría que esta relación, considerada durante mucho tiempo como un hecho extravagante y escandaloso, ha sido hasta ahora (y en buena medida todavía parece serlo hoy) una completa excepción a la normalidad. Y, sin embargo, no hay como ponerse a bucear en las vidas de las antepasadas para descubrir una asombrosa abundancia de situaciones de este tipo.

Por citar tan sólo unos cuantos ejemplos, recordemos que Agatha Christie se casó en segundas nupcias con Max Mallowan, un arqueólogo quince años más joven, y vivieron juntos cuarenta y cinco años, hasta la muerte de ella. George Eliot se casó a los sesenta y uno con John Cross, veinte años menor, y George Sand vivió con el grabador Alexandre Manceau, catorce años más joven, una gran historia de amor que duró tres lustros y que sólo terminó con la muerte del hombre (años después, ella tenía sesenta y uno, él cuarenta, mantuvo una corta pero intensa pasión sexual con el pintor Charles Marchal). Lady Ottoline Morrel, mecenas del grupo Bloomsbury, disfrutó de la más bella e intensa relación de amor de su vida a los cincuenta y pico años, cuando se enamoró de un jardinero de veinte al que llamaba Tigre. Simone de Beauvoir mantuvo una relación amorosa de siete años de duración con el periodista Claude Lanzmann, mucho menor que ella (y no fue su único amante más joven). También la celebérrima Madame Curie, premio Nobel por dos veces, vivió un amor poco habitual con el científico Langevin: él era sólo seis años más joven, pero estaba casado, lo cual aumentó el escándalo. Incluso la muy formal Eleanor Roosevelt, esposa del presidente norteamericano Franklin Delano Roosevelt, tuvo un amante doce años menor, Miller, que fue la gran historia secreta de su vida: estaban tan unidos que Miller escribió a Eleanor una carta diaria durante treinta y cuatro años.


ROSA MONTERO, Historias de mujeres, Alfaguara, Madrid, 1995, págs. 29-31


OLGA OROZCO • • • Las muertes


HE AQUÍ unos muertos cuyos huesos no blanqueará la lluvia,
lápidas donde nunca ha resonado el golpe tormentoso de la piel
                                                                                [del lagarto,
inscripciones que nadie recorrerá encendiendo la luz de alguna
                                                                                [lágrima;
arena sin pisadas en todas las memorias.
Son los muertos sin flores.
No nos legaron cartas, ni alianzas, ni retratos.
Ningún trofeo heroico atestigua la gloria o el oprobio.
Sus vidas se cumplieron sin honor en la tierra,
mas su destino fue fulmíneo como un tajo;
porque no conocieron ni el sueño ni la paz en los infames lechos vendidos
                                                                                            [por la dicha,
porque sólo acataron una ley más ardiente que la ávida gota de salmuera.
Ésa y no cualquier otra.
Ésa y ninguna otra.
Por eso es que sus muertes son los exasperados rostros de nuestra vida.


OLGA OROZCO, El País, Madrid, 2008, pág. 27

¿El tal Cortázar existe?


El regreso a París le reserva dos hitos en el horizonte: la cercana visita de su madre y la inminente publicación de Rayuela. En relación a lo segundo, Julio no va a renunciar a sus costumbres. Cada vez que aparece una obra suya se las arregla para alejarse de la ciudad o para prescindir olímpicamente de la campaña de promoción. Tímido por naturaleza y dotado de un extraño sentido del ridículo, no concede entrevistas y no acude a esas ceremonias editoriales donde el autor de turno se presenta ante lo que él llama “los corredores de venta”. Dado que no necesita la literatura para vivir, puede permitirse el lujo de no hacer el rendez-vous a grandes como Fayard o Gallimard. Para gentes tan chauvinistas como los franceses esta actitud no se perdona, y menos si viene de un extranjero. Pero él no sirve para este circo lleno de figurines serviles y untuosos que se mueren por un pedazo de pastel. Esta posición contribuye a alimentar la leyenda. En uno de los cócteles de Gallimard una dama le preguntó a una amiga suya: “Mais alors, ce Cortázar, ça existe?” (Pero entonces ¿el tal Cortázar existe?) No tardará en saberlo.


MIGUEL DALMAU, Julio Cortázar, el cronopio fugitivo, Edhasa, Barcelona, 2015, pág. 349

Breton abofetea en la calle a Ehrenburg, que había hablado despectivamente de los surrealistas


El mismo año de la expulsión de Dalí, una Unión de Escritores y Artistas Revolucionarios, dirigida por los comunistas, organiza un Congreso de escritores para la defensa de la cultura. En ese momento Pierre Laval, líder político francés de derecha, procura entendimientos con la Unión Soviética para la defensa de la paz. Los surrealistas no veían con buenos ojos esta manera de defender la paz, y de hecho se los excluye del congreso. A último momento, a instancias de René Crevel, se le permite participar a uno de ellos. Será Paul Éluard, que lee un comunicado escrito por Breton. En esos días, un escritor soviético participante del congreso —Ilya Ehrenburg— había hecho algunas expresiones despectivas sobre los surrealistas. Había dicho que leían mucho a Hegel y Marx, pero se negaban a trabajar, y se ocupaban mucho de la pederastia y los sueños. A consecuencia de estas expresiones, Breton, al encontrarlo en la calle, lo abofeteó.


ALFREDO B. TZVEIBEL, Breton y Dalí: una relación difícil, incluido en Tensiones filosóficas, edición de Tomás Abraham, Editorial Sudamericana, Buenos Aires, 2011, vía edición digital en Google Play, pág. 69


Baroja sobre France


Si yo tuviera la humorada fantástica de querer comparar mi vida con la de Anatole France; ¡qué abismo! “¿Por qué con Anatole France?” —me preguntará alguno—. Porque era un escritor a quien vi varias veces hace años, aunque no hablé con él, y que representaba el máximo de la fama en su tiempo. Para explicar la diferencia de una manera satisfactoria si fuera algo comprobable como un análisis químico, tendría que ser porque los libros de France sometidos a éste fueran como objetos compuestos de oro, de platino y de pedrerías y los míos hechos de plomo, de estaño y de pedazos de cristal turbio.

Yo no tenía por este escritor la más mínima simpatía. Toda la cursilería y toda la pedantería de Europa y de América reunidas habían decidido que Anatole France era la síntesis de la espiritualidad del mundo. En él estaban reunidos y condensados Luciano y Shakespeare, Cervantes y Swift, Rabelais y Voltaire. Bernad Shaw le llamaba genio en el prólogo de Santa Juana de Arco. Esta opinión me hizo desconfiar del viejo dramaturgo inglés.

Desde aquella época yo con cierta malevolencia, siempre que tuve que hablar en periódicos o en libros de Anatole France, hablé mal de él, sobre todo de sus obras filosóficas como “El jardín de Epicuro”, que me parecían de un sanchopancismo, de una vulgaridad aterradora.

Únicamente encontraba a la altura de su mediocridad el libro de Maeterlink, titulado “El tesoro de los humildes”, que se podría llamar “El tesoro de las vulgaridades”.

El repetir que la literatura de France era hueca, petulante y amanerada, hizo que algunos conocidos míos llegaran a considerarla no como una maravilla como la creía el público.

La gente que le seguía, que tenía la tendencia a creerse en todo al cabo de la calle y la seguridad en su cursilería, vaciló un poco con el tiempo y comenzó a pensar que no eran grandes descubrimientos los de Anatole France y que podía suceder que no hubiese dicho más que vulgaridades.

A mí el hombre me era bastante antipático por su literatura erudita y amanerada y por su aire de gendarme. Tenía una cabeza de pepino, cara como de zuavo de pipa, un cuerpo de gigante, manos enormes, pies enormes y con todo ello un endiosamiento terrible.

Yo lo vi dos o tres veces en una estampería de la calle del Sena, próxima al instituto y una de estas veces con dos señoras jóvenes y elegantes que lo mimaban y lo halagaban llamándolo a cada paso “querido maestro”.

Yo no me creo envidioso. Si lo fuera lo diría sin molestia. No tengo constitución hepática. No tiendo en la vejez a ponerme verde sino incoloro. Si France hubiera sido un tipo a lo Byron o a lo Shelley elegante y bonito, me hubiera gustado verlo entre damas que lo miraran y lo contemplaran, primero porque esos poetas eran de más altura intelectual que el prosista, luego porque aquel hombre pavoneándose con su facha de sargento me molestaba.

Es lógico que los escritores que no hemos tenido éxito ni hemos ganado dinero ni hemos tenido el halago de las grandes damas, veamos con antipatía al hombre que llega al Olimpo con méritos que no nos parecen muy auténticos y se pavonea en él.

Se dirá que no es una cosa bonita, pero es muy humana y no es un sentimiento innoble ni vil.


PÍO BAROJA, fragmento de Los llamados y los elegidos, recogido en Desde el exilio, Caro Raggio, Madrid, 1999, vía edición digital en Lectulandia, págs. 93 y 94

El orden según Cela


Montaigne llamaba al orden virtud triste y sombría. Probablemente, Montaigne confundió el orden con su máscara, con su mera apariencia; es actitud frecuente entre las gentes de orden, entre quienes llaman orden a lo que no es ritmo sino quietud y, a fuerza de no distinguir entre el culo y las cuatro témporas, acaban tomando el rábano por las hojas. Yo pienso que el orden es algo alegre, vivo y luminoso; lo que es triste y muerto y opaco es lo que suele darse, fraudulenta y enfáticamente, por orden, cuando en realidad no pasa de ser un vacío. El firmamento es un hermoso prodigio de orden. El orden público, por el contrario, no es más cosa, con harta frecuencia, que un caos silencioso al que se fuerza a fingir el límpido color del orden aunque, claro es, nadie acabe creyéndoselo.


CAMILO JOSÉ CELA, Pascual Duarte, de limpio, recogido en Obras Completas, 1, Destino, Barcelona, 1989, pág. 13

Muñoz Molina sobre Coetzee


Me gusta mucho J.M. Coetzee. Me gusta su manera de escribir y su manera de ser escritor, esa reserva, esa falta de pomposidad que ha mantenido incluso después del Nobel. Me da envidia su estilo tan austero y flexible, que a veces tiene algo como de neutro enunciado, de exasperante aridez: la aridez que puede haber en las almas y en las vidas de las personas, y en esos paisajes de Sudáfrica y de Australia contra los cuales uno imagina que resalta su figura solitaria como la de un eremita en un desierto. Coetzee ha adoptado valerosas posiciones públicas, pero no tiene nada de personaje público. Se ha comprometido abiertamente -contra el apartheid, contra la corrupción en su país de origen- y a la vez parece tan refractario a la política como a la retórica. Ha escrito ensayos generosos y lúcidos sobre otros escritores. Es un novelista de resonancia universal y a la vez es un hombre que vive en privado y que no alza la voz, porque un escritor de verdad nunca habla a gritos, ni por megafonía, ni se dirige a multitudes, sino a cada persona, una por una, a cada lector, en el tono de una conversación confidencial.


ANTONIO MUÑOZ MOLINA, Vuelta a Coetzee, 15 de octubre de 2010, página web de Antonio Muñoz Molina. Todo el artículo AQUÍ


jueves, 29 de diciembre de 2016

La diferencia entre un borracho ruso y un borracho alemán, según Dostoyevski


Creo que la más importante y profunda necesidad espiritual del pueblo ruso es la necesidad de sufrimiento, perpetua e insaciable, en todas partes y por todo. Por lo visto, esa ansia de sufrimiento hunde sus raíces en la noche de los tiempos. Una corriente de sufrimiento atraviesa toda su historia, no sólo procedente de catástrofes y desastres externos, sino que brota del propio corazón del pueblo. Hasta en la felicidad necesita el pueblo ruso que haya una parte de sufrimiento, de otro modo la felicidad no es completa. Nunca, ni siquiera en los momentos más señalados de su historia, ha asumido un aire orgulloso y triunfante, sino más bien conmovido hasta el dolor: suspira y atribuye su gloria a una gracia del Señor. Se diría que el pueblo ruso disfruta del sufrimiento. Y eso vale tanto para la nación en su conjunto como para los individuos, al menos hablando en general. Prestad atención, por ejemplo, a las múltiples variedades del granuja ruso. No se trata sólo de simple depravación desenfrenada, que a menudo sorprende por la amplitud de su audacia y el grado de abominación a que puede llegar un alma humana. Ese granuja es ante todo un hombre que sufre. El ruso, incluso el más tonto, desconoce esa satisfacción ingenua y solemne de sí mismo. Comparad, por ejemplo, a un borracho ruso con un borracho alemán: el ruso es más repugnante que el alemán, pero el borracho alemán es indudablemente más estúpido y ridículo que el ruso. Los alemanes son un pueblo eminentemente satisfecho de sí mismo y orgulloso. En el borracho alemán esos rasgos nacionales básicos resaltan en proporción con la cerveza ingerida. El borracho alemán es, sin ningún género de dudas, un hombre feliz y nunca llora; entona canciones en las que se jacta de su condición y se enorgullece de sí mismo. Llega a casa borracho como una cuba, pero lleno de vanidad. Al borracho ruso le gusta ahogar sus penas en alcohol y llorar. Y si fanfarronea, no lo hace por jactancia, sino simplemente por armar jaleo. Siempre recuerda alguna ofensa e insulta a su ofensor, ya esté presente o no. Puede afirmar, con el mayor descaro, que es poco más o menos un general, se pondrá a proferir amargos insultos si no le creen y terminará llamando a «la guardia» para convencerlos a todos. Pero precisamente la razón de que sea tan grosero y de que llame a «la guardia» es que en lo más profundo de su alma de borracho está plenamente convencido de que no es un «general», sino un borracho repugnante y que ha caído a un nivel más bajo que una bestia. Lo que aquí vemos a una escala insignificante vale también para casos más importantes. El granuja más inveterado, incluso aquel cuyo descaro y vicios refinados parecen tan atractivos que otros imbéciles siguen su ejemplo, tiene como una especie de intuición, en lo más profundo de su alma, de que en el fondo no es más que un canalla. No está satisfecho de sí mismo; su corazón se ahoga en reproches y él se venga en quienes le rodean; se enfurece y ataca a todos, hasta que llega al límite, debatiéndose con el sufrimiento que va acumulándose sin pausa en su corazón y al mismo tiempo embriagándose voluptuosamente de ese dolor. Si es capaz de levantarse después de esa caída, se venga en sí mismo de una manera terrible, imponiéndose castigos más crueles que los que él infligió a los demás por los tormentos secretos de su propio descontento, cuando los vapores de su degradación le cegaban.


FIÓDOR DOSTOIEVSKI, Diario de un escritor, Alba Editorial, Barcelona, 2007, traducción de Víctor Gallego Ballestero, vía edición digital en Lectulandia, págs. 48 y 49