sábado, 25 de febrero de 2017


Te amo,
qué dos palabras,
que dos balazos de seda a tu rostro crujiente
mientras vacilan las charnelas de las puertas,
te amo y no importa que sea febrero,
te amo y qué escarabajo en tus ojos,
te amo y qué aceite de cremalleras.


viernes, 24 de febrero de 2017


Como cualquiera
yo también me sentí cinotauro y pegaso de mis impares,
valiente de una sola cuchara, única rama de los finisterres,
con tres manos para la navaja y siete para el sueño,

y sentí que el sufrimiento solo yo lo sufría a puente destruido,
que en mí los alfileres se clavaban con una punta más intensa,
como si mi cuerpo fuera un hangar de radares y retrovisores;

pensé que mi padre era olímpico;
que mi mente un stromboli de leones;
que las mujeres que amé
una prímula más altas,

como si no conociera esa ley
que ordena a lo recto sentirse oblicuo
y al blanco mirarse amarillo:
también en eso tardé en darme cuenta
lo mismo que cualquiera.


jueves, 23 de febrero de 2017


Si pudieras correr siempre,
maldito hermano del viento,
si te fuera imposible detenerte,
ahora que sabes que el despacio
te encierra en la tristeza,
si pudieras ser ligero como un trébol
o como una ele trazada a lápiz,
vivir sordo y subterráneo,
implacable en tu ceguera,
sin desmayar nunca
en tu odio a la realidad.


martes, 31 de enero de 2017

Ocho meteoros


Ya es la sexta vez que destruyo este blog. Pero llevaba cinco años sin hacerlo, qué mayor prueba de mi decadencia.

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Cuántas veces he pensado, la botella de vino casi terminada, que si yo fuera un verdadero tigre que supiera dirigirse directamente hacia su presa y no este hombre de broma que soy; si yo supiera sopesar las situaciones o pararme más de un minuto seguido en el mismo tema, en lugar de paladear todos los manjares y visitar frívolamente todas las mesas, ¡entonces qué gran escritor sería yo! ¡entonces sí que deberíais compraros unos ojos nuevos para leer mis engendros, ahora transformados en prodigios de hondura y delicadeza! Pero poco después pienso justamente lo contrario: en realidad, si yo hubiera sido esa persona solvente, seguro que habría dedicado mi vida a algún objetivo y no a la literatura, que es la ocupación de los que odiamos los objetivos. Quién que sirva para la vida se iba a refugiar dentro de las palabras…

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He empezado a escribir un diario por hacer caso a Goethe, que decía que no respetaba al hombre que no llevaba uno. Y entre otras cosas voy anotando todas las pajas que me hago cada día, ahora que he bajado de dos dígitos por primera vez en treinta años. El martes siete, el miércoles cinco, el jueves seis, el viernes tres, dios mío solo TRES. Si consigo limitar mis masturbaciones a solo tres al día, no quiero hacerme ilusiones, pero quizá empiece a ser una persona con futuro: quizá mi cuerpo me permita vivir por primera vez.

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Me he apuntado a un grupo que trabaja contra la xenofobia y una de las actividades es visitar los CIEs para consolar a los presos. Y ya estoy nervioso, porque en mi vida he servido yo para consolar a nadie. Cada vez que alguien se ha puesto a llorar en mi presencia, me quedo rígido. No sé qué hacer. Me encantaría ponerme a llorar yo, si es que supiera.

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Siempre he tenido una objeción esencial contra la vida: mi cuerpo. La pesadilla de mi cuerpo. Siempre me he sentido como un búfalo aprisionado dentro de una pelota de tenis.

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De la desgracia Trump al menos podemos celebrar que sea un machista y xenófobo de tal cutrerío y sal gorda que va a conseguir reactivar todos los ideales humanistas, hoy devaluados. Existen machistas inteligentes y xenófobos con cultura, personas que podrían hacer verdadero daño, pero no es el caso.

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Mi otra gran objeción contra la vida es mi cerebro, esa máquina vocinglera, incoherente y tumultuosa, pero a mi cerebro lo sobrellevo mejor con la técnica de repetirme muchas veces no te hagas caso, Batania, pasa de ti, Batania, déjate en paz.

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Y no me habléis del blog sacrificado, por favor. Era un blog infantil (ni siquiera el blog de un niño).