sábado, 25 de noviembre de 2017


No hay que leer al pie de la letra sino a la piel de la letra.



Cuando leo a Fogwill o a Cioran descalificar a la universidad como una institución que mata la creatividad y alienta la erudición más estéril, yo me pregunto, ¿quién que haya ido a la universidad ha ido verdaderamente a la universidad? Porque yo “estudié” en la UPV de Leioa y me dedicaba, aparte de jugar al mus en la cafetería y engrosar la nómina de grupos anarquistas, a apuntarme a todos los torneos de fútbol, futbito, baloncesto, tenis y frontenis que se organizaban. Hasta hice de árbitro. Nunca iba a clase, igual que casi todo el mundo, y mi relación con la parte educativa se limitaba a ponerme a estudiar quince días antes de que se celebraran los exámenes, cuyas materias se me olvidaban quince días después de haber aprobado. Cuán difícil me parece que puedan perjudicar unos estudios que la mayoría solo hemos fingido hacer.



Consignaba Flaubert en su Diccionario de prejuicios que todas las épocas consideran que la suya es una época de decadencia, y un ejemplo de la veracidad de este aserto fue Pío Baroja, quien se pasó la vida lamentando la decadencia de la novela universal… ¡en la misma época en que publicaban sus mejores obras Proust, Joyce, Kafka, Céline, Musil o Virginia Woolf!


viernes, 24 de noviembre de 2017


Era tan bella como un balcón sin bandera.



Para deshacer el prejuicio según el cual los musulmanes son fanáticos del burka, dejo aquí una encuesta de Europa Press realizada en varios países.



Aunque parezca imposible, la historia ofrece ejemplos de prensa que manipula aún más que la española a cuenta de Catalunya. En Homenaje a Cataluña, George Orwell refiere las increíbles informaciones que daban los diarios extranjeros sobre la guerra civil en la que combatió con el bando republicano:
Todos recordamos el titular del Daily Mail: “LOS ROJOS CRUCIFICAN MONJAS”, mientras que, para el Daily Worker, la Legión Extranjera de Franco estaba “compuesta por asesinos, tratantes de blancas, traficantes de drogas y el desecho de todos los países europeos”. En octubre de 1937, el New Statesman nos regalaba historias de barricadas fascistas hechas con los cuerpos de niños vivos (elemento muy incómodo para hacer barricadas), y Mr. Arthur Bryant declaraba que “en la España leal era “lugar común” aserrar las piernas de un comerciante conservador”. Quienes escribían este tipo de cosas nunca lucharon; posiblemente creían que escribirlo constituía un sustituto de la lucha. Lo mismo ocurre en todas las guerras; los soldados son los que luchan, los periodistas son los que gritan, y ningún “verdadero patriota” se acerca jamás a una trinchera, exceptuando las brevísimas giras de propaganda. A veces me resulta un consuelo pensar que el avión está modificando las condiciones de la guerra. Quizá cuando se produzca la próxima contienda podamos ver un espectáculo sin precedentes en toda la historia: un patriota incendiario con un orificio de bala.


En el mismo Homenaje a Cataluña, hay que ver cómo se pone George Orwell cuando descubre que sus compañeros beben solo del porrón:
Bebíamos de una cosa espantosa llamada porrón. El porrón es una especie de botella de vidrio con un pico fino del cual sale un delgado chorro de vino al inclinarla. De este modo resulta posible beber desde lejos, sin tocarlo con los labios, y pasarlo de mano en mano. Me declaré en huelga y exigí un vaso en cuanto vi cómo se usaba el porrón.
Mi historia con el porrón es bien distinta y mucho más agradable. En Tobes y Rahedo, pueblo burgalés del que procedía mi madre, también se bebía del porrón (no así en Vizcaya, al menos en Lauros), pero ese objeto estaba vedado para los niños: incluso cuando se nos permitía un poco de vino, a los niños siempre se nos servía en vaso. Acceder al porrón era acceder a ese recipiente que permite unas elegancias y hasta chulerías en las posturas que no admite un simple vaso, y por eso a mí me urgía utilizarlo cuanto antes, porque beber del porrón era marcar territorio y demostrar que ya era mayor.




Publicada en Twitter por @carabancheck (AQUÍ)



Creerse diferente es la primera piedra de la escritura. Cuando tu peculiaridad necesita cada vez más metros de soledad para sentirse a sus anchas y las mejores conversaciones son las que mantienes contigo mismo, es que se anuncia parto y el bebé viene con un bolígrafo debajo del brazo.



Nadie se suicida por el solo hecho de que no te publiquen un libro. Cory MacLauchlin ha demostrado en un estudio que Kennedy Toole no se mató por las negativas de publicación que recibió La conjura de los necios, porque solo mandó esa obra a un editor y, de hecho, ese editor ni siquiera le contestó con un no cerrado.


jueves, 23 de noviembre de 2017


Dice Vicente Verdú en El estilo del mundo:
La mezcla perjudica la identidad, rebaja la energía de la propuesta, convierte el discurso en un mar de dudas.
Pienso yo que eso solo ocurre al principio, cuando la unión de elementos heterogéneos termina en mezcolanza porque aún no se ha encontrado el cocinero adecuado, que suele ser la paciencia y el tiempo. Se debe tener en cuenta también que las identidades española, kurda, flamenca, etc, en el caso de que existan, tampoco están formadas por elementos puros, sino por elementos diversos que en su día también se enfrentaron entre ellos hasta llegar a fundirse. Pienso que toda mezcla bien metabolizada puede tener la misma energía e intensidad que la pureza (superior incluso, porque posee más elementos y tiene la ventaja de la "novedad"). Esa mezcla, de hecho, si sale bien, se olvida de que fue mezcla y se convierte en una nueva pureza.



Cómo queréis que trabaje si aún no me he recuperado de la paliza de haber nacido.



Bukowski cuenta en Mujeres que se fijaba un objetivo mínimo de diez folios cada vez que se sentaba a escribir. Y lo cumplía: ¡una noche llegó a 25!, lo cual me parece meritorio hasta para un mecanógrafo. Ya conté en otra ocasión que Sartre se movía sobre los veinte folios diarios: está claro que los escritores de antes procedían de otro planeta (mejor).



Nada me crispa más de Nietzsche que sus elogios desaforados a la crueldad, la fuerza o el afán de dominio como valores “que garantizan el futuro”. Pensaba aquel viejo que una sociedad solo gozaba de salud mientras conservaba la sed de poder. Con qué ganas me hubiera gustado trasladarlo en una máquina del tiempo al 6 de agosto de 1945, fecha en que cayó la primera bomba atómica en Hiroshima, y mostrándole las ruinas, decirle: “Mira, amigo Friedrich, aquí tienes tu LO QUE GARANTIZA EL FUTURO”. Porque a partir de aquel 6 de agosto y desde que la humanidad posee armas suficientes para destruirse varias veces, ya no se puede seguir flirteando con los valores agresivos que ensalzaba aquel loco genial: lo que ahora más que nunca “garantiza el futuro” es el pacifismo, el ecologismo y el universalismo.



No sé a qué gurú de la modernidad neoliberal, de esos que escriben libros como ¿Quién se ha llevado mi queso?, le escuché decir una vez: “El 90% del pensamiento interior es perjudicial”. Confieso que esa frase me dejó pensando porque, desde luego, yo también comprendo la poca oportunidad de ningún pensamiento, ni interior ni exterior, para aquellas personas que se encuentran atadas a una estructura capitalista y jerárquica, mucho menos si tienen hijos o deberes a los que pueden perjudicar si se atreven a pensar demasiado, no sea que esos pensamientos les lleven a replantearse una existencia que de todas formas les sería muy difícil de cambiar. Sin embargo, una persona libre…, ¿qué es sin pensamiento interior? Un artista, un poeta, un músico…, ¿qué son, cómo crearían si cegaran los caños del pensamiento interior? Admito que a menudo la demasiada autocrítica, o las exigencias desorbitadas que a veces nos hacemos, pueden perjudicarnos; también que una vida como la mía, que consiste casi al completo en pensar hacia dentro, es una perversión contra la que yo mismo me revuelvo (ver otras entradas), pero no al punto de prohibir al 90% y para todo el mundo aquello que garantiza nuestra libertad y nuestras posibilidades de reinvención. Al condenar el pensamiento interior, aquel gurú venía a decir que la rebeldía genera desdicha y en cambio la obediencia genera felicidad, pero prefiero la difícil libertad de los que piensan a la fácil felicidad de los que transcurren.




Publicada en Instagram por @unatalmaryc (AQUÍ)



En su biografía sobre Pablo Picasso, Eugenio D'Ors arremete contra la costumbre de agrupar a los artistas según el lugar donde nacieron:
No cesaremos nunca de combatir esa manera geográfica de comprender la crítica, residuo, mitad y mitad, de las absurdas teorías sociológicas a lo Taine y de los tendenciosos nacionalismos políticos; con sus propinas, además, de complicidad permanente en la frivolidad turística y en la indolencia gacetera. Obstinadamente, en los estudios históricos o en las polémicas ideológicas, nos hemos empeñado en aplastar los lugares comunes de un Watteau, tan francés, o de un Goya, tan español, o del sabor al terruño, que dicen tener la patética escultura religiosa castellana —que venía de Borgoña—, o del “estilo catalán”, que ha acabado por encontrarse en los muebles estilo Reina Ana, regalados a sus amigos por los capitanes de velero que navegaban hasta las costas de Inglaterra; o, igual, de “la autonomía” de los primitivos flamencos o de la pretensión suiza, argentina o chilena, de tener un “arte propio”, un “arte nacional”...

miércoles, 22 de noviembre de 2017


Todavía existe peña que se congratula por que en España no exista un partido fuerte de ultraderecha, en vez de congratularse por que no existan personas ultraderechistas, lo que desgraciadamente no ocurre. Cuando además la única razón de que no exista ese partido es que el PP se niega a convocar primarias para elegir líder. Pon primarias en el PP y verás cómo gana el que más se parezca a Marine Le Pen o a Donald Trump.



Soy de los que dice no. Pero por cada no me obligo a tres síes. Porque es la cantidad de síes propios y elegidos los que marcan la calidad de una vida. Y no quiero vivirla si no es mía.



¿Qué iniquidad estáis planeando para necesitar un líder?



Eso tan bonito de don Quijote, que aprende a sentir adrede para adecuar sus sentimientos a los de los caballeros andantes que ha leído en los libros, es justo la clave de un escritor confesional, que enseguida se da cuenta de que solo tiene un rostro, siempre el mismo rostro tedioso, y en cambio tiene en su biblioteca y a su disposición miles de máscaras… ¡pero ojo con equivocarse de máscara, ojo con ponerse una que aún no te has ganado y lucir sentimientos prestados que no son de tu misma talla!



Me puede el lirismo. Ya puede tenerlo todo una obra, que si le falta lirismo me interesa tan poco como a Goldman una revolución donde no se pueda bailar. Soy un lector malísimo muy capaz de despreciar toda la tarta para quedarme con la guinda, siempre que la guinda sea como ésta del final del tercer acto de Antonio y Cleopatra, cuando dice Enobarbo:
Estar furioso es no tener miedo a fuerza de tenerlo, y en este estado, la paloma dará picotazos al halcón. Veo que nuestro capitán restaura siempre su corazón con lo que pierde de cerebro; cuando el valor devora a la razón, ésta se traga la espada con que pelea.


Es la soledad un tigre mayor que un tigre. Porque he visto domadores de tigres, pero jamás he conocido a nadie que haya domado a la soledad.




No debería librar nunca. Porque los días en que libro bebo más, leo menos y no escribo nada. Y todas mis crisis de soledad me sobrevienen esos días. Con razón dice Bernhard en sus memorias que la mayoría de los suicidios se cometen en sábado.