lunes, 26 de septiembre de 2016

ANECDOTARIO DE ESCRITORES (1036): La vocación artístico-literaria de las hermanas Vanessa Bell y Virginia Woolf les enfrenta a la sociedad de la época


La propia Virginia no siempre se había mostrado tan silenciosa. Cuando le tocó el turno de ser presentada en sociedad, cuando la decisión de George de introducir a Vanessa entre la gente tuvo que acabar por ceder ante las dificultades de su carácter, éste volvió sus ojos emprendedores a Virginia. Tal vez podía compensar el fracaso de una hermana con el éxito espectacular de la otra. Virginia, al principio, se prestó bien al juego. Sabía que los puntos flacos de Vanessa eran sus puntos fuertes: “George se había quejado siempre de los silencios de Vanessa. Ya le demostraría que yo sabía hablar.” Sin embargo, la idea que Virginia tenía de lo que era hablar (en una ocasión memorable, un elocuente discurso sobre el punto de vista de Platón acerca del valor que tenía expresar las propias sensaciones) dejó a la concurrencia con la boca abierta y esbozó en el rostro de George una mueca de vergüenza. Virginia todavía debía pasar por la dolorosa experiencia de aprender que de una muchacha soltera de dieciocho años se espera que las únicas cosas profundas que diga sean algunas respuestas amables a las ocurrencias mesuradas de otras personas y, de cuando en cuando, algún comentario divertido y prudente de su propia cosecha.

Parecía como sí, en aquella sociedad donde habían nacido, en aquel reducido segmento confinado a su sexo, si su belleza encantaba perfectamente, no ocurría lo mismo con su personalidad. La seriedad y los silencios de Vanessa eran tan inoportunos, tan inadecuados y tan poco femeninos como la inteligencia y la elocuencia de Virginia. Las dos hermanas se daban perfecta cuenta de que no podía evitar el deprimente veredicto: “Como nos hemos confesado a menudo la una a la otra, la verdad es que somos unos fracasos.” Como escribiría Virginia refiriéndose a las dos: “Es un hecho que nos resulta imposible brillar en sociedad. No conozco la razón, pero no caemos simpáticas. Nos quedamos sentadas en un rincón y permanecemos mudas, como si estuviéramos en un funeral.”

Debido a aquel fracaso conjunto, la conspiración entre las dos resultó más reforzada: se compadecían mutuamente, se recordaban una a otra que había un mundo donde era posible hablar de libros, de pintura o de filosofía, un mundo donde las mujeres no estaban tan obsesionadas por su apariencia, donde tener unas opiniones y unas aspiraciones ajenas al matrimonio no era considerado un sacrilegio. Pero, de existir ese mundo, Vanessa y Virginia no tenían acceso a él.


JANE DUNN, Vanessa Bell. Virginia Woolf. Historia de una conspiración, Circe, Barcelona, 1993, traducción de Roser Berdagué, págs. 81 y 82

TROYA LITERARIA (1051): Sontag sobre "Demian", de Hesse


17/5/49

He terminado Demian [de Hermann Hesse] hoy y me ha producido, en general, una gran decepción. El libro tiene algunos pasajes muy sobresalientes, y los primeros capítulos que describen la incipiente adolescencia de Sinclair son muy buenos… Pero el impasible supernaturalismo de la última parte del libro supone una conmoción, considerando las pautas realistas implícitas en la primera parte. No me opongo al tono romántico (pues me encantó [Las cuitas del joven] Werther [de Goethe], por ejemplo), pero la puerilidad (no puedo expresarlo de otro modo) de la concepción de Hesse…


SUSAN SONTAG, Renacida. Diarios tempranos 1947-1964, Mondadori, Barcelona, 2011, traducción de Aurelio Major, edición digital en Lectulandia (AQUÍ), pág. 22

Octubre


Quién que sea multimismo
se conformaría con ser uno mismo,
quién que haya contemplado un mapa del mundo
sembraría su cerebro en el límite de una maceta,
con agua firme y tierra domesticada,
quién que haya disfrutado con el vértigo
de la completa ignorancia
transigiría con la hemofilia
de un saber parcelado,
ahora que llega octubre
y enloquecen las naranjas.


ANECDOTARIO DE ESCRITORES (1035): Nelson Algren y Simone de Beauvoir pasan del amor a la indiferencia


En mayo de 1981, Algren tenía setenta y dos años. Se había trasladado a Sag Harbor, en Long Island. Acababa de ser nombrado miembro de la prestigiosa Academia de las Artes y las Letras, y un periodista, W. J. Weatherby, fue a su casita a entrevistarle.

En el transcurso de la conversación, Weatherby le preguntó por Simone de Beauvoir. Algren llevaba casi veinte años sin tener ninguna relación con ella, pero enseguida se puso nervioso. “He estado en prostíbulos de todo el mundo y, en todos ellos, la mujer siempre cierra la puerta, ya sea en Corea o en la India –dijo–. Pero esa mujer abrió la puerta de par en par y dejó entrar al público y a la prensa… No siento ninguna maldad hacia ella, pero creo que lo que hizo fue atroz.”

Algren había comentado previamente una visita al médico debido a cierta presión que sentía en el pecho, y Weatherby consideró prudente cambiar de tema.

La noche siguiente, Algren tenía que dar una fiesta en su casa para celebrar su nuevo nombramiento. El primer invitado en llegar se encontró el cadáver de Algren en el suelo. Había sufrido un infarto.

También en Francia los periódicos dieron la noticia de su muerte. Poupette telefoneó a Simone para darle el pésame. Beauvoir estuvo fría. “¿No estás triste? –le preguntó Poupette–. ¿No sientes nada por él?”

“¿Por qué debería sentir algo? –le contestó su hermana mayor–. ¿Qué debería sentir él por mí si escribió esas cosas horribles?”

Pero no se quitó el anillo de Algren. Se lo llevó a la tumba.


HAZEL ROWLEY, Sartre y Beauvoir, Lumen, Barcelona, 2006, traducción de Montse Roca, págs. 448 y 449  

domingo, 25 de septiembre de 2016

ARCADIA LITERARIA (254): Umbral sobre Gide


André Gide es un escritor fascinante, porque está en un punto de sabiduría, de delicadeza, de matiz, ese punto que se trabaja en el diario íntimo, el matiz, la prosa. Me gusta mucho uno de sus primeros libros, Los alimentos terrestres, donde sale Nathanael. Sólo que Nathanael en él es un chico; el libro es un viaje por África con un chico. Y yo le he puesto Nathanael a muchas chicas porque me gusta el nombre; es el nombre de un ángel. Nathanael es el nombre bíblico de un ángel. Los alimentos terrestres es la hostia. Y La puerta estrecha, otro de sus primeros libros, es precioso. Le volvían loco los juegos del Vaticano. Pero el Journal, sobre todo, es buenísimo. Y además es para abrirlo por un sitio, leer veinte páginas y dejarlo. Y te ha nutrido ya… te ha colocado coca-cola en vena para quince días, si tienes buena memoria.


FRANCISCO UMBRAL, entrevistado por Eduardo Martínez Rico para Umbral: vida, obra y pecados. Conversaciones, Ediciones Foca, Madrid, 2001, edición digital en Lectulandia (AQUÍ), pág. 252

ANECDOTARIO DE ESCRITORES (1034): La peligrosa atracción por las niñas de Lewis Carroll


Lewis Carroll se convirtió en la comidilla de todo Oxford por su obsesión en fotografiar niñas desnudas. Él ordenó que todas esas fotos atrevidas fueran destruidas a su muerte, pero ha sobrevivido al menos una: la de Evelyn Hatch, una cría como de nueve años. Viene reproducida en la interesante biografía de Michael Bakewell, y es un retrato que espeluzna: Evelyn está tumbada con el cuerpo de frente, una rodilla flexionada y los brazos detrás de la cabeza: o sea, con la misma postura estereotipadamente pornográfica de las rubias rollizas en los calendarios de camioneros. Es una fotografía sin duda perversa: en nuestros tiempos han metido a personas en la cárcel por retratos así. Pero el pedófilo Lewis Carroll se las arregló para bordear toda su vida la línea del escándalo sin acabar de cruzarla.

[…]

Cuando conoció a Alice Liddell, la pequeña tenía cuatro años y él veinticuatro. Primero quedó prendado de Lorina, la hermana mayor de Alice, que a la sazón había cumplido siete. Y aún había otra hermana más pequeña, Ethel, de dos. Eran las hijas de uno de los decanos de Oxford: Lewis Carroll las veía jugar en el jardín del decanato y se le caía la baba. Empezó a visitarlas todos los días, hasta abrumar a la señora Liddell con su presencia. Les hacía fotos y regalos, les enviaba cartas. A medida que pasaron los años, Alice se convirtió en la preferida. La retrataba disfrazada de mendiga, de modo que los harapos dejaban los hombros y parte del pecho de la niña al desnudo: por entonces (él aún era muy joven) no se atrevía a más. En los veranos empezó a hacer excursiones en barca con las niñas Liddell. En esos viajes estivales y hermosos les contaba cuentos que iba improvisando sobre la marcha.

Un día, el 4 de julio de 1862 (Carroll había cumplido treinta y dos, Alice diez), explicó a las tres niñas una estupenda historia protagonizada por una Alicia que se caía dentro de la madriguera de un conejo blanco. Alice, entusiasmada, le pidió que escribiera ese cuento y se lo regalara. Y Carroll, siempre embelesado con su bella, se puso manos a la obra esa misma noche. El manuscrito de la primera versión del libro, que se llamó Las Aventuras de Alicia Bajo Tierra y que incluían dibujos del propio Carroll, no fue terminado hasta 1864. Pero, para entonces, la relación entre Alice y él había saltado hecha pedazos (aun así, le envió el manuscrito de regalo).

La ruptura fue en verano de 1863, a raíz de un enfrentamiento con la señora Liddell. Algunos biógrafos sostienen que Carroll pidió la mano de Alice, y que fue rechazado de tan malos modos (la niña tenía once años, él treinta y uno) que la amistad se enfrió definitivamente. Pero mucho tiempo después, una Lorina octogenaria escribió a su hermana Alice recordando las circunstancias de la riña con Carroll: “Cuando te fuiste haciendo mayor sus maneras contigo eran demasiado cariñosas y mamá le dijo algo; y eso le ofendió tanto que todo se acabó”.

La señora Liddell siempre había sentido hondas y comprensibles suspicacias frente a ese joven diácono tan raro que se empeñaba en pasarse la vida pegado a sus hijas como un sinapismo. Además, Carroll era un sobón: besaba muchísimo a las niñas, las sentaba sobre sus rodillas, las acariciaba todo el rato; y les escribía misivas de verdadero enamorado (la madre de Alice hizo que, tras la ruptura, la niña rompiera todas las cartas de él). Este comportamiento debió de ser especialmente extremado en el caso de la adorable Alice, de modo que es fácil imaginar lo que la señora Liddell pudo decirle a Carroll aquella tarde de verano. Unas palabras tan aterradoras que él no llegó a mencionarlas nunca en sus diarios.

[…]

Mientras Alice crecía fuera de su alcance, y se casaba con un joven guapo y vulgar, y llevaba una existencia convencional, la vida de Carroll se hacía más y más excéntrica cada día. Empezó a tener decenas de “amigas-niñas”, para lo cual se valía de pueriles estratagemas. Por ejemplo, viajaba con una maletita repleta de juguetes: recortables, tijeritas diminutas, muñecos. Cuando encontraba a una niña en el tren, enseguida abría su baúl maravilloso. Y comenzó a pasar los veranos en una ciudad costera, Eastbourne, por la facilidad con que “ligaba” con las niñas en la playa. Incluso llevaba imperdibles en el bolsillo por si había que recoger las faldas de las crías para caminar de la mano por el borde del agua. Al final de cada año, anotaba, como si fuera un donjuán, la lista de todas sus conquistas. En el entretanto, había publicado Alicia en el país de las maravillas, que era una versión levemente retocada del manuscrito original. El libro fue un gran éxito, y eso allanó mucho el camino de sus coqueteos: aunque en su vida social estaba empeñado en mantener oculto que él era Lewis Carroll, a las niñas enseguida les decía que él era el autor de ese libro infantil que todas adoraban. Y ellas, claro está, caían rendidas.


ROSA MONTERO, Pasiones, Aguilar, Madrid, 1999, págs. 168-173

viernes, 23 de septiembre de 2016

EGOLATRÍAS (18): Ovidio


Y ya he completado la obra que ni la cólera de Júpiter ni el fuego ni el hierro ni el voraz tiempo podrá destruir. Que cuando quiera aquel día, que no tiene ningún derecho a no ser sobre este cuerpo, ponga fin al transcurso de mi insegura vida: sin embargo, en la mejor parte de mí seré llevado eterno por encima de los elevados astros, y mi nombre será imborrable y, por donde se extiende el poderío romano sobre las domeñadas tierras, seré leído por la boca del pueblo, y a lo largo de todos los siglos, gracias a la fama, si algo de verdad tienen los vaticinios de los poetas, VIVIRÉ.


OVIDIO, Metamorfosis, Cátedra, Madrid, 2003, traducción de Consuelo Álvarez y Rosa Mª Iglesias, págs. 794 y 795

ANECDOTARIO DE ESCRITORES (1033): El encuentro entre Walt Whitman y Oscar Wilde acaba en la cama


El encuentro estuvo plagado de contacto. Contacto entre una generación que moría a través del verso libre y otra que nacía alrededor del esteticismo. Contacto entre dos culturas, la norteamericana y la británica, que tendían a no comprenderse. Contacto, incluso, físico, pues tan pronto Wilde acariciaba la rodilla de Whitman como Whitman abrazaba el joven torso de Wilde.
Stoddart decidió que aquel preámbulo había llegado demasiado lejos:
—Voy a dar un paseo. Os dejo solos durante una hora.
—Pueden ser dos o incluso tres —apuntaló Whitman.
El editor encaró la puerta de salida, no sin antes comprobar lo que por el rumor de pasos ya sospechaba: los dos amigos subían por la escalera en busca del tercer piso.
Días después, Whitman criticó abiertamente las portadas que los periódicos neoyorquinos le habían dedicado a Oscar Wilde. Este movimiento dejó encarrilada la creación de aquello sobre lo que habían charlado en Camden: un producto literario. Por su parte, Wilde definió mejor que nadie el viaje, el encuentro y la posterior reacción:
            Todavía tengo el beso de Walt Whitman en mis labios.


CARLOS MAYORAL, Whitman y Wilde: poesía y sexo en Candem, Jot Down, 21 de febrero de 2016. Todo el artículo AQUÍ

ARCADIA LITERARIA (253): Sontag sobre el "Diario" de Gide


10/9/48

[Escrito y fechado en la parte interior de la tapa del ejemplar de SS del segundo volumen del Diario de André Gide].

Terminé de leerlo a las 2.30 a.m. del mismo día que lo adquirí –

Debería haberlo leído mucho más despacio y tengo que releerlo muchas veces – ¡Gide y yo hemos alcanzado tal perfecta comunión intelectual que siento los mismos dolores de parto de cada idea que alumbra! Por lo tanto, no pienso: «Qué extraordinaria lucidez», sino: «¡Basta! ¡No puedo pensar tan deprisa! O más bien ¡no puedo crecer tan deprisa!».

Pues no solo estoy leyendo este libro, sino creándolo yo misma, y esta experiencia única y descomunal ha purgado mi mente de gran parte de la confusión y la esterilidad que la han atascado todos estos horribles meses –


SUSAN SONTAG, Renacida. Diarios tempranos 1947-1964, Mondadori, Barcelona, 2011, traducción de Aurelio Major, edición digital en Lectulandia (AQUÍ), págs. 15 y 16

jueves, 22 de septiembre de 2016


EGOLATRÍAS (17): Thomas Mann


Lo malo de Thomas Mann es que creía no tomarse en serio, cuando si algo salta a la vista, tanto en sus novelas como en sus ensayos como en sus cartas como en sus diarios, es que se hallaba plenamente convencido de su inmortalidad. En una ocasión, para restarle méritos a su Muerte en Venecia, que un norteamericano le alababa hasta el sonrojo, no se le ocurrió otra cosa que rebajarlos diciendo: «Después de todo, yo era todavía un principiante cuando lo escribí. Un principiante de genio, pero un principiante al fin y al cabo». Una vez que ya no lo era, se consideraba capaz de los mayores logros, y en una carta al crítico Carl Maria Weber le hablaba con desparpajo de «la grandiosa historia que algún día puedo escribir, después de todo». Es conocida su admiración por el Quijote, ya que aprovechó su lectura a bordo del vapor Volendam, que lo llevaba a Nueva York, para redactar un tomito, Travesía marítima con Don Quijote. Sin embargo, el sobrio y magistral desenlace de la obra de Cervantes no sólo le decepcionó, sino que lo juzgó mejorable: «El final de la novela es más bien lánguido, no lo suficientemente conmovedor; yo pienso hacerlo mejor con Jacob». Se refería, claro está, al Jacob de su tetralogía José y sus hermanos, que en España sólo ha sido capaz de leerse entera el paciente (y rencoroso por ello) Juan Benet. Sorprende que Mann opinara que las grandes obras eran resultado de intenciones modestas, que la ambición no debía estar al principio ni anteceder a la obra, que debía estar unida a ésta y no al yo de su creador. «No hay nada más falso que la ambición abstracta y previa, la ambición en sí e independiente de la obra, la pálida ambición del yo. El que es así se comporta como un águila enferma», escribió. A la vista de sus propias ambiciones, tanto expresas como inexpresas, habría que concluir que la enfermedad que padecía el águila Mann no era otra que la ceguera. Al hablar de la muerte de un antiguo compañero de colegio, apostilló: «Inmortalizado por mí en La montaña mágica». No cabe duda de que tenía ambiciones y se tomaba en serio quien anotaba con seriedad en su diario un día de 1935: «Carta en francés de un joven escritor de Santiago de Chile, informándome de mi influencia sobre la joven literatura chilena». No puedo evitar llamar la atención sobre tres palabras: la primera es «informándome», la segunda es «influencia», la tercera es «chilena».


JAVIER MARÍAS, Vidas escritas, Suma de Letras, Madrid, 2002, págs. 129-131

miércoles, 21 de septiembre de 2016

TROYA LITERARIA (1050): Sabato sobre Quevedo


Grandes manejadores de la lengua, aun manejadores geniales, incurren muchas veces en la tentación de dejarse llevar por su pasión verbal. Podríamos poner muchos ejemplos, pero bastaría el de Quevedo. Su ingenio, su dominio portentoso del idioma, lo llevó más de una vez a esos juegos verbales que son todo lo contrario de una gran literatura, y que poco tienen que ver con sus dos o tres grandes poemas sobre la muerte. ¿Podríamos imaginar a Cervantes, a Kafka, a Tolstoi, a Dostoievski, a San Juan de la Cruz, a Rimbaud, a Holderlin, a Rilke, haciendo esas acrobacias y fuegos de artificio?


ERNESTO SABATO, entrevista de Angela Dellepiane en Revista Iberoamericana, Nº 158, Enero-Marzo 1992, pág. 34

lunes, 19 de septiembre de 2016

ANECDOTARIO DE ESCRITORES (1032): "El amante de Lady Chatterley", de D.H. Lawrence, no pudo leerse en Inglaterra sin censura hasta 1960


En 1927, la empleada encargada de mecanografiar el manuscrito de El amante de Lady Chatterley se negó a continuar tras finalizar el quinto capítulo. La primera edición del libro tuvo que ser realizada en Italia, donde los impresores no entendían ni una palabra del texto en inglés. Algunos de los libreros británicos que habían encargado la novela la rechazaron con cortesía después de desenvolver los paquetes y leer su contenido. Solo a partir de 1960, cuando la editorial Penguin ganó el célebre juicio, la escandalosa obra pudo publicarse oficialmente en Inglaterra en versión no censurada.

El amante de Lady Chatterley es una novela sobre sexo. O, dicho más exactamente, trata sobre el éxtasis sexual. En los años veinte este tema resultaba todavía escandaloso para los descendientes de los victorianos, acostumbrados a actuar como si el hombre y la mujer carecieran de cuerpo. Durante el siglo XIX, la sexualidad había desaparecido completamente de la cultura oficial. ¡Y ahora Lawrence escribía una novela sobre el orgasmo!

Pero con eso no tuvo suficiente… Lawrence dinamitó los límites de lo que sus contemporáneos eran capaces de tolerar porque, además, mencionaba las cosas por su nombre sin eufemismos, sin adornos. Enriqueció la literatura inglesa con vocabulario que todavía hoy forma parte de lo impronunciable. Utilizó el lenguaje obsceno de la pornografía. (En inglés se llaman four letter words; esto es, palabras socialmente inaceptables que tienen cuatro letras). Sin embargo, nada más lejos de la intención de Lawrence que escribir pornografía. El amante de Lady Chatterley pretendía facilitar a los descendientes de la época victoriana un tránsito natural a la sexualidad. Lawrence empleaba expresiones proscritas, porque quería despojar al sexo de su carácter prohibido y misterioso. 


CHRISTIANE ZSCHIRNT, Libros. Todo lo que hay que leer, Suma de Letras, 2005, Madrid, traducción de Irene Pérez Michael, págs. 194-196


TROYA LITERARIA (1049): Algren sobre Beauvoir (III)


Ningún cronista de nuestras vidas, desde Theodore Dreiser, ha combinado de manera tan constante la pasión por la justicia humana con una sosería tan asfixiante como madame De Beauvoir. Mientras otros escritores regañan de manera amable al lector, ella le aplasta la nariz contra la pizarra, le pincha con su regla de treinta centímetros y le advierte que, si no empieza a comportarse como un adulto, va a contener la respiración mientras lo hace…

Cuando madame tiene razón, tiene toda la razón. Y cuando se equivoca es ridícula…

El mundo de madame De Beauvoir, que describe con infinita exactitud, es una imagen reflejada; nadie ha vivido nunca tras ese espejo. Razón por la cual todos los personajes de sus novelas, aunque están sacados de la vida real, no están vivos en las páginas impresas…


NELSON ALGREN, recogido por Hazel Rowley en Sartre y Beauvoir, Lumen, Barcelona, 2006, traducción de Montse Roca, págs. 445 y 446

domingo, 18 de septiembre de 2016

ANECDOTARIO DE ESCRITORES (1031): Rimbaud: "¡A la mierda con Dios!"


De repente sucedieron muchas cosas. Sucedió la guerra franco-prusiana: y los alemanes acabaron invadiendo el pueblo de Charleville. Sucedió, en París, el levantamiento de la Comuna. Y sucedió que Rimbaud empezó a escribir versos. El caos exterior de la guerra y la revolución se unió al caos interior de Arthur, y las compuertas de las  convenciones se derrumbaron. Asfixiado por su rígida madre, Rimbaud huyó tres veces de casa. Su tercera fuga fue en febrero de 1871, ya con dieciséis años, al París de la Comuna. Fue un viaje terrible: no tenía ni un céntimo y durante varias semanas tuvo que dormir bajo los puentes y escarbar en las basuras para poder comer. Pero lo peor es que al parecer fue violado por los soldados de un batallón; y que, más allá de su espanto como víctima, hubo algo en la degradación y violencia del asalto que le resultó turbiamente atractivo. La experiencia le dejó destrozado.

Regresó a Charleville y entró en total colapso. No se lavaba, no se peinaba; iba vestido como un mendigo; grababa a punta de navaja “¡A la mierda con Dios!” en los bancos del parque; merodeaba por los cafés a la espera de que alguien le invitara a una copa; blasfemaba y contaba a voz en grito truculentas historias de cómo seducía sexualmente a las perras que encontraba por las calles; llevaba siempre en la boca una pipa con la cazoleta vuelta hacia abajo. En fin, todos los atributos del perfecto chiflado.


ROSA MONTERO, Pasiones, Aguilar, Madrid, 1999, pág. 98

TROYA LITERARIA (1048): Nietzsche sobre el Nuevo Testamento


A mí no me gusta el Nuevo Testamento, ya se adivina; casi me desa­sosiega el encontrarme tan solo con mi gusto respecto a esa obra literaria estimadísima, sobreestimadísima (el gusto de dos milenios está contra mí): ¡pero qué remedio queda! «Aquí estoy yo, no puedo hacer otra cosa», tengo el co­raje de mi mal gusto. El Antiguo Testamento sí, éste es algo completamente distinto: ¡todo mi respeto por el Anti­guo Testamento! En él encuentro grandes hombres, un pai­saje heroico y algo rarísimo en la tierra, la incomparable in­genuidad del corazón fuerte; más aún, encuentro un pueblo. En cambio, en el Nuevo, nada más que pequeños asuntos de sectas, nada más que rococó del alma, nada más que cosas adornadas con arabescos, angulosas, extrañas, mero aire de conventículo, sin olvidar un ocasional soplo de bucólica dulzura, que pertenece a la época (y a la provincia romana) y que no es tanto judío como helenístico. La humildad y la ampulosidad, estrechamente juntas; una locuacidad del sentimiento que casi ensordece; apasionamiento, pero no pasión; penosa mímica; aquí ha faltado evidentemente toda buena educación. ¡Cómo se puede dar, a los pequeños de­fectos propios, la importancia que les dan esos piadosos hombrecillos! Nadie se ocupa de aquéllos; y mucho menos Dios. Para terminar, todas estas pequeñas gentes de la pro­vincia quieren tener incluso «la corona de la vida eterna»: ¿para qué?, ¿por qué?, no es posible llevar más lejos la inmodestia. Un Pedro «inmortal», ¡quién lo soportaría! Poseen una ambición que hace reír: esas gentes nos dan mascados sus asuntos más personales, sus necedades, tristezas y preo­cupaciones de ociosos, como si el en-sí-de-las-cosas estu­viera obligado a preocuparse de ello, esas gentes no se can­san de mezclar a Dios incluso en los más pequeños pesares en que ellos están metidos. ¡Y ese permanente tutearse con Dios, de pésimo gusto! ¡Esa judía, y no sólo judía, familiari­dad de hocico y de pata con Dios!... Hay en el este de Asia pequeños y despreciados «pueblos paganos» de los que es­tos primeros cristianos podrían haber aprendido algo esen­cial, un poco de tacto del respeto; según atestiguan misione­ros cristianos, aquellos pueblos no se permiten siquiera pronunciar el nombre de su Dios. 


FRIEDRICH NIETZSCHE, La genealogía de la moral, Alianza Editorial, Madrid, 1980, traducción de Andrés Sánchez Pascual, págs. 167 y 168