martes, 12 de septiembre de 2017


Tres cambios ideológicos en mi vida. El primero, a los veinte años, cuando dejo de ser nacionalista vasco. El segundo, a los treinta, cuando empiezo a ser antinacionalista y antipatriota radical. Y el último, operado en los tres últimos años, cuando dejo de creer en el pueblo. Sí. Ya no creo en él. El pueblo es xenófobo. Las clases bajas ven al inmigrante como la valla que se interpone en su aspiración a clase media y cambian su voto de izquierda a ultraderecha en cuanto ven una patera. Los movimientos racistas no surgen de arriba sino al contrario: los de arriba incluso tratan de frenarlos porque necesitan inmigrantes como mano de obra barata y porque prefieren una sociedad domesticada, sin espacio para un debate que puede acabar en conflicto. Es la puta gente la que es racista, la que ha echado la culpa de la crisis a los inmigrantes, la que se ha inventado eso de “que aprendan nuestra cultura”. Sí, la cultura. Ahora salen con eso. Los que solo consumen el Marca y la telebasura.