miércoles, 14 de febrero de 2018

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Momento feliz. Me dirigía a mi frutería favorita rezando por favor, que haya lechugas batavia, que haya lechugas batavia, que no tenga que volver a Maracaná con las insufribles lechugas iceberg, y cuando he llegado, ¡eureka! ¡aún quedaban tres! ¿Por qué en Madrid, por cada lechuga batavia tierna, suave, sonriente, hay quince lechugas iceberg burdas, fachas, energúmenas, de esas que no se comen sino que se mastican?