miércoles, 14 de febrero de 2018

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¡Horror! Descubro en el locutorio al que suelo ir para navegar en Internet ¡que había una niña de diez u once años viendo páginas porno! Y no porno blando de simples desnudos, no, sino anales, bukkakes, gangbangs, todo muy hardcore. Enseguida me ha salido mi policía, esto es una vergüenza, cómo se puede permitir esto, en los locutorios tendría que haber ordenadores capados para menores de edad, etc, pero he notado enseguida (no es que me meta a mirar las pantallas de los otros, es que justo la de esta niña estaba delante de mí y era imposible no mirarla), que ella no estaba viendo la pornografía como un adulto, sino que la veía divertida, saltando pantallas con mucha rapidez, navegando por esas páginas por pura curiosidad. A cada rato, rompía a reír. Al final me he tranquilizado y me he prometido volver a leer las páginas de Onfray sobre el sexo (quizá no sea tan grave que los niños vean porno), y más tarde, al salir a la calle, hasta he lamentado haber perdido esa facultad porque yo, cada vez que veo porno, soy tan limitado que me excito enseguida, ¿y no es cierto que las posturas y juegos sexuales, mucho más los del porno, son un disparate que mueve a la risa?